ESTRACTO
de
TU ARMA CONTRA LA CELULITIS REBELDE:
“RAMÍREZ
cruza el escenario y el patio de butacas. Desde una butaca, SANTIAGO.
SANTIAGO.- Eh, oiga…, oiga…, por favor.
RAMÍREZ.- ¿Me habla a mí?
SANTIAGO.- Sí.
RAMÍREZ.- Mire, la verdad, es que yo ya no estoy.
SANTIAGO.- Ya, pero quería…
RAMÍREZ.- Mejor es que hable con los espectadores. De eso se trata.
El teatro son ustedes.
SANTIAGO.- Claro, pero es que...
RAMÍREZ.- Siguen viciados. Yo para ustedes sigo siendo alguien,
una forma de autoridad. Yo no soy nadie. Están solos, entre iguales.
El afuera no existe. Todo sale de dentro.
SANTIAGO.- Seré muy breve…
RAMÍREZ.- Que no. Que se distorsiona.
SANTIAGO.- Por favor…
RAMÍREZ.- Bueno, pues muy rápido.
SANTIAGO.- Quería solamente felicitarle.
RAMÍREZ.- ¿Felicitarme?
SANTIAGO.- Se le acerca. Le da la mano. Le abraza efusivamente. Muy bien,
enhorabuena.
RAMÍREZ.- ¿Me está tomando el pelo?
SANTIAGO.- No. ¿Cómo puede pensar eso? ¿Me firmaría
un autógrafo? Le da a firmar un papel.
RAMÍREZ.- Firmando. En todo caso, aproveche ahora porque dentro
de doce horas no sé si le quedarán ganas.
SANTIAGO.- Este espectáculo me está pareciendo muy interesante.
RAMÍREZ.- Pues me alegro mucho. Y ahora con su permiso.
RAMÍREZ se separa de SANTIAGO. Va a salir. SANTIAGO se interpone.
SANTIAGO.- Sólo quería comentarle que…
RAMÍREZ.- ¿Más? Esto es un abuso.
SANTIAGO.- Bostezando. Que… este espectáculo es… ¿Cómo
explicarle?... Me está impresionando por lo que llevamos visto
cómo ha captado usted... No encuentro las palabras… Perdone…
No sé cómo definirlo... Eso que es tan difícil de
conseguir en un espectáculo de hoy. Me atrevería a llamarlo,
usando un término que reconozco que es un poco impreciso... ¿Cómo
decirlo?... El aburrimiento. Pero entiéndame, un aburrimiento...
No sé... Como muy auténtico...
RAMÍREZ.- Efectivamente, en todo momento lo tengo como un objetivo
muy presente.
SANTIAGO.- Me emociona constatar que no es fruto del azar sino de una
larga reflexión...
RAMÍREZ.- Y trabajo. El arte verdadero es siempre fruto del esfuerzo.
Le aseguro que no es fácil. La gente piensa que sí, pero
no…
SANTIAGO.- No debe serlo. Bueno, pues no le quito más tiempo. Adiós.
RAMÍREZ.- Quiero decir que no es difícil una obra aburrida.
Eso lo hacen todos y muy bien. Lo ve usted todos los días…
Pero yo me refiero a algo como lo que me parece que usted ha sabido captar
con tanta perspicacia e inteligencia...
SANTIAGO.- Muchas gracias. Y más viniendo de usted.
RAMÍREZ.- Sí, yo me refiero a una obra insoportable. Una
obra que provoque en el espectador ganas de matar al director, a los actores,
al que está sentado en la butaca de al lado… ¿Entiende
lo que quiero decir?
SANTIAGO.- No sé si me hago una idea.
RAMÍREZ.- Una obra que le quite las ganas de volver nunca más
al teatro. ¿No dicen que el teatro está en crisis? ¡Ésa
es la única manera de regenerarlo! Pero para eso, y no está
bien que lo diga yo, para eso se necesita mucho talento. Bueno, pues me
voy…
SANTIAGO.- A usted desde luego no le falta.
RAMÍREZ.- Le agradezco mucho su apoyo porque la verdad recibo en
general mucha incomprensión.
SANTIAGO.- No me lo puedo creer. A lo mejor es que el público no
está preparado para entender una obra como la suya.
RAMÍREZ.- Da gusto escucharle, pero probablemente, mente probable,
usted lo dice para hacerme la pelota.
SANTIAGO.- ¿Yo hacerle la pelota? No se la hago a mi jefe. ¿Por
qué se la iba a hacer a usted? Yo digo lo que siento. Y lo que
siento al ver su obra es tal desesperación que me preguntaba que
cómo era posible ser tan
imbécil para elegir ver esta pesadilla. Me repetía una y
otra vez: “¿Nunca vas a aprender? ¿Es que no te has
tragado suficientes coñazos en tu vida, con perdón, como
para volver a un teatro?” La verdad, he sentido unas ganas terribles
de matarle. Ahora que le tengo delante me vuelven a surgir. Yo le mato.
Yo libero al mundo de timadores y pedantes… Se arroja sobre RAMÍREZ.
RAMÍREZ.- Le rehuye. Realmente, mente real, le felicito y me felicito.
He cumplido con todos mis objetivos. Todavía quedan espectadores
puros como usted. Me llena de esperanza. Eso sí, recuerde que se
trata de una ficción. Tiene que aprender a controlarse.
SANTIAGO.- Persiguiéndole por el patio de butacas. Ni ficción
ni leches. Yo le suprimo, chulo. ¡Canalla! ¿Pero usted cree
que yo ni ninguno de los que estamos en esta sala tenemos nada mejor que
hacer que aguantar sus gilipolleces? Y encima se quiere ir a su casa dejándonos
colgados durante doce horas. Hay que tener…
RAMÍREZ.- Subiendo al escenario. ¡Muy bien! Está usted
sintiendo algo. ¡Por fin! Aunque yo creo que debe volver a ver la
obra otro día para captar los múltiples detalles que se
le puedan escapar hoy.
SANTIAGO.- Sube al escenario. Le agarra del cuello. Encima con recochineo.
No le aguanto más. Le mato. Aprieta.
Paralelamente, BARTOLA ha llegado tarde y busca su butaca hasta sentarse.
BARTOLA.- Ay, perdonen que haya llegado tarde... Qué vergüenza…
¿Díganme, acaba de empezar…? ¿O me he perdido
mucho…? No sé cómo se me ha hecho tan tarde…
Un atasco horroroso. Y además, me he encontrado con Paquita en
la puerta. Saben ustedes, es pesadísima, la pobre. Me quería
contar el accidente de Juanita, sí, la señora de Valdés.
¿Ya caen…? Susurrándo. Sí, la gorda que se
tiñe la peluca. ¡Como si yo no lo supiese mucho antes que
ella! Se debe creer que una no tiene redes de información privilegiada...
Ay, qué apuro que tenga que levantarse la gente… ¿Pero
qué ha pasado…? ¿Ha habido ya muchos muertos...?
RAMÍREZ.- Agarrándole los brazos. A SANTIAGO. Mire, sinceramente,
mente sincera, matarme a mí no le va a causar más que inconvenientes,
como ir a la cárcel, coger el sida, perder el tiempo…
SANTIAGO.- Soltando. Sí. Tiene usted razón.
RAMÍREZ.- Llevando las manos de SANTIAGO al cuello de éste.
Yo le propongo que libere toda esa energía sanamente, mente sana,
dirigiéndola contra usted mismo. Apriete. Suicídese.
SANTIAGO.- No me tiente… Que vengo muy cargado.
BARTOLA.- Mirando el escenario. ¡Ay! ¡Pero qué estoy
viendo! ¡Ay, que me da algo! ¡Me desmayo!...
RAMÍREZ.- Acabe de una vez. ¿Para qué seguir viviendo?...
Lo único que siento es que se va a perder el aburrimiento de esta
obra cuando no ha hecho más que empezar. Y yo creo que esta noche
podemos a aspirar a algo grande, muy grande…, a algo así
como a un aburrimiento metafísico…
SANTIAGO.- Se suelta. ¿Un qué…?
RAMÍREZ.- Un aburrimiento que definitivamente, mente definitiva,
no sólo aniquile al público físicamente, mente física,
sino a todos los niveles, mentalmente, mente mental…
SANTIAGO.- ¡Joder, vaya aburrimiento!
BARTOLA.- Qué ordinario...
RAMÍREZ.- Más, mucho más. No hay palabras. Y aquí
es donde puede usted intervenir libremente, mente libre.
SANTIAGO.- ¿Yo… intervenir?
RAMÍREZ.- Sí. Veo que usted está abierto a nuevas
experiencias. No es lo normal. La gente está muy cerrada. Por eso
le voy a proponer algo.
SANTIAGO.- ¿A mí…? A mí no. Al público.
Mejor aquí. Mire toda esa gente… ¡Ése por ejemplo!
Tiene pinta de tener pasta. A lo mejor, hasta la paga.
RAMÍREZ.- No, por favor, no me sea vulgar. A mí me podrá
fallar el público, pero eso sí, las Instituciones públicas,
los Ministerios, siempre mucho más clarividentes que los ciudadanos,
me comprenden y subvencionan todo sin ningún problema. Esta producción
es tan aburrida que me la han subvencionado inmediatamente. ¡Usted
es el elegido!
BARTOLA.- Claro, se le ve tan macho. Cuando se lo diga a las amigas no
se lo van a creer. Y no me extraña, le ven tan poca cosa...
SANTIAGO.- ¿Qué quiere de mí?
RAMÍREZ.- Algo completamente distinto. Yo veo en usted al hombre
medio, a ese 99% de las personas que se ven por la calle, o mejor dicho,
que no se ven. Al hombre invisible. A alguien muy vulgar, insignificante,
anodino, pesado...
BARTOLA.- Eso mismo digo yo. Mira que se lo vengo repitiendo...
SANTIAGO.- Hombre, se lo agradezco.
RAMÍREZ.- Sí, a alguien que podría ser de los míos.
Le ofrezco un futuro: pertenecer… Empezaría de Entusiasta.
Y si es lo que intuyo, podría ascender rápidamente. ¿Qué
le parece? No tendrá más que ser usted mismo. Porque si
no me equivoco, por seguirme, podría usted dejar mujer, hijos,
familia, nación, religión, trabajo, televisión…
SANTIAGO.- La televisión seguro que no.
BARTOLA.- Sólo faltaría. No sé por qué esta
gente enseguida le quieren quitar a una la tele...
RAMÍREZ.- Tiene usted que elegir.
SANTIAGO.- ¡No me haga elegir! Me hace sufrir mucho.
BARTOLA.- Ay, sí, a mí también. Yo hoy quería
comprar un champú y es para volverse loca...
SANTIAGO.- En cuanto al resto, no sé, así de sopetón...
RAMÍREZ.- Está usted atravesando el umbral de una nueva
dimensión en su existencia con la que jamás habría
soñado en el pasado… La liberación a través
del aburrimiento. Yo seré su maestro en su viaje iniciático.
Ya no me voy a casa. Me quedo...
BARTOLA.- Yo no me fiaría. Estos lugares no son nada recomendables,
lo dice todo el mundo. ¿Pero cómo se le habrá ocurrido
subir ahí?...
SANTIAGO.- Le agradezco muy sinceramente este honor de creer en mí.
Nadie suele hacerlo salvo para pedirme mi dinero o mi voto… Pero
no puedo. Me tengo que ir.
BARTOLA.- Muy bien contestado. Le ha dejado de piedra.
RAMÍREZ.- Reteniéndole. ¡Ahí se cerró!
Saltó el individuo, el pasado, el mediocre. Venga, no lo dude,
pertenezca. Yo le hablo de solidaridad, de unión, de comunión,
de participación…
SANTIAGO.- Me gustaría consultarlo con mi señora. Ella también
podría pertenecer.
BARTOLA.- Cariño, te quiero. Te quiero. Me tienes completamente
enamorada...
RAMÍREZ.- No. Hay el problema gravísimo de que se puedan
divertir juntos.
SANTIAGO.- Podría ocurrir, nunca se sabe. Pero sería ciertamente,
¿cómo es eso tan bonito que usted dice?, mente… certera…
RAMÍREZ.- Cierta.
SANTIAGO.- Eso, cierta… Mente cierta, ciertamente... Precioso...
BARTOLA.- Muy bonito...
SANTIAGO.- ¿Qué le decía…? Ah, sí, divertirse
juntos..., sería desde luego una novedad. Mi mujer y yo juntos
no sabe usted bien lo que nos aburrimos.
RAMÍREZ.- Ya me imagino, pero mi experiencia me indica que es mejor
no incluirla. No creo que sea buena idea. Usted solo, sin distracciones,
puede aburrirse mucho más y mejor.
SANTIAGO.- No lo creo. ¿Ha vivido usted en pareja? ¿Conoce
algo más aburrido? Voy a convencerla.
BARTOLA.- A SANTIAGO. ¿Pero qué dices? ¿Cómo
que soy aburrida? Aburrido serás tú. Baja ahora mismo de
ahí, que te voy a dar. ¿Pero qué haces ahí?
¿Qué está pasando aquí? Ése no es tu
sitio. Seguro que ha pasado algo malo. Por un día que llego tarde...
A RAMÍREZ. ¿Qué más ha hablado de mí?
Siempre que no estoy delante habla mal de mí. Me desprestigia.
Dígame que ha dicho...
SANTIAGO.- Volviendo a su butaca. Yo te lo explico. Tranquila.
BARTOLA.- A RAMÍREZ. ¿No le habrá molestado, verdad?
Se lo digo porque puede ser muy pesado… ¿O pegado? Ya lo
entiendo. ¡Le ha pegado a usted! Seguro que le ha pegado. Pero por
favor no le denuncie. Tiene propensión a la violencia pero le aseguro
que no es mal chico. No me extrañaría que me llamen un día
de éstos para decirme que ha ametrallado a quince personas en un
parque o ha asesinado a todos los niños de un colegio... Los pobres...
Ya los estoy viendo llenos de sangre, las vísceras por los aires,
angelitos...
SANTIAGO.- Cariño, aquí estoy. No pasa nada.
RAMÍREZ.- Espero en mi camerino. Sale.
BARTOLA.- ¿Cómo que no pasa nada? ¿Te parece bonito
lo que estabas diciendo de mí? ¿Estás bien? Déjame
que te repase ¿Pero cómo se te ocurre subir ahí?...
SANTIAGO.- Cariño, tengo que hablarte.
BARTOLA.- ¿Hablar?
SANTIAGO.- Sí.
BARTOLA.- ¿Hablarme?
SANTIAGO.- Sí. ¿Qué ocurre? Hablarte.
BARTOLA.- ¡Cuánto hará que no hablamos! Dame tiempo.
No estoy acostumbrada. ¡Te han drogado! Es eso.
SANTIAGO.- Estoy perfectamente. Has visto que he conocido al Director
y me...
BARTOLA.- ¿Tú crees que ése era el director? ¿No
será el señor de la limpieza? No creo que un director pierda
el tiempo hablando contigo.
SANTIAGO.- ¡Claro que era el Director! Y has visto que es un hombre
muy...
BARTOLA.- ¡Un hombre!
SANTIAGO.- Sí, un hombre, con todo lo que tiene un hombre. Y muy
accesible...
BARTOLA.- Sí, sí, ¿pero qué se siente ahí
arriba?
SANTIAGO.- Nada.
BARTOLA.- Sacarte a ti algo interesante, ¡imposible! Quiero saberlo
todo. ¿Se pasa mucha vergüenza?
SANTIAGO.- Déjate de tonterías. Ven, tengo que hablarte
en privado.
BARTOLA.- ¡En privado! ¡Qué importante! ¿Será
un secreto? Sabes que adoro los secretos. Así puedo hacer sufrir
a mis amigas...
SANTIAGO.- Ay, cállate. ¡Tenemos que contestarle! El Director
nos está ofreciendo un futuro...
BARTOLA.- ¡Un futuro! Me estás excitando.
SANTIAGO.- No me asustes, cariño. ¿Estabas cuando el Director
me ha llamado inteligente?
BARTOLA.- O tú deliras o ese tío es imbécil.
SANTIAGO.- Pero si es famoso.
BARTOLA.- Entonces no puede ser. Debe ser muy inteligente. ¿Y tú
qué has hecho?
SANTIAGO.- Yo, pensar en ti.
BARTOLA.- Tienes una capacidad extraordinaria para estropearlo todo.
SANTIAGO.- Será el amor.
BARTOLA.- ¿Por qué cuando no se tiene nada que decir se
habla de amor?
SANTIAGO.- Ay, no seas profunda.
BARTOLA.- Sí, es cierto, soy demasiado profunda para ti. Qué
horror vivir en tu nebulosa. Aunque tal vez sea una suerte ser tan simplón
como tú. La lucidez me hace sufrir demasiado. Vivir contigo es
simplemente una pérdida de tiempo.
SANTIAGO.- ¿Lo dices en serio?
BARTOLA.- ¿Tú crees que yo tengo ganas de bromear contigo?
Te recuerdo que llevamos mucho tiempo casados.
SANTIAGO.- Me sigo emocionando cuando me piropeas. Como el primer día.
Bueno, ¿qué hacemos? ¿Nos unimos al Director?
BARTOLA.- ¿No ves que te quiere sacar algo?... Y yo tendría
que pasar antes por la peluquería.
SANTIAGO.- Él asegura que va a ser lo más aburrido que jamás
nadie haya conocido.
BARTOLA.- Por fin alguien un poco creativo. Ardo por conocer a un genio.
La verdad es que por ahora...
SANTIAGO.- Él no quiere que tú vengas.
BARTOLA.- ¿Que yo no venga?... ¡Cómo se ve que no
me conoce! ¿Es que no me intuye? Claro, como te ha visto a ti se
debe creer que yo soy como tú. Esto me pasa por dejarme ver contigo.
¿Cómo he podido venir tan a menos? Lo nuestro ha terminado.
Y además no te perdono que me has llamado aburrida. Delante de
toda esta gente. ¡Me has llamado aburrida! ¡A mí!...
SANTIAGO.- Que no.
BARTOLA.- ¡Cómo que no! ¿Qué te crees que estoy
sorda? ¿O crees que soy idiota? ¿Me lo vas a negar? Al público.
Ustedes que lo han oído. ¿Me ha llamado aburrida, sí
o no?
SANTIAGO.- Estaba hablando de otra cosa.
BARTOLA.- ¿Cómo que de otra cosa? Aburrido lo serás
tú, sabes. Sólo me faltaba oír que yo soy aburrida
¿Y qué pasó anoche? Como cualquier noche ¿Qué?
Dime.
SANTIAGO.- Nada.
BARTOLA.- ¡Cómo que nada! Te parece bonito… Te parece
que es nada quedarte dormido cuando hacemos…
SANTIAGO.- Calla…
BARTOLA.- Qué calla ni qué nada. Al público. Sí,
estábamos haciendo eso, ya me entienden, y se quedó dormido
encima mía. ¿Les parece bonito? Y luego dice que la aburrida
soy yo…
SANTIGO.- ¡Pero, cállate! Cariño, ya. No hace falta
que el público…
BARTOLA.- Sí, ahora mucho cariño y mucho cállate.
Venga, niégalo. Niégalo si eres hombre. ¿A que no
tienes vergüenza? Dile a toda esta gente que no…
SANTIAGO.- Bueno, no fue así exactamente. Creía que habíamos
acabado ya…
BARTOLA.- ¡Peor me lo pones! Pero bueno… ¿Es que tú
ya ni sabes cuándo…?
SANTIAGO.- Por favor, cariño, ¡ya...! Lo hablaremos luego.
Estaba muy cansado.
BARTOLA.- Muy cansado. Tú siempre estás cansado. Eso es
lo malo. Al público. Ha nacido cansado.
SANTIAGO.- Ya se han enterado. No creo que a esta gente les interese nuestra
vida privada...
BARTOLA.- ¿Ah, pero nosotros tenemos vida privada?
SANTIAGO.- ¡Venga, tenemos que dar una respuesta! Quiero proponerte
un plan.
BARTOLA.- ¡Un plan! ¿Cuál de los partidos de fútbol
quieres ver?
SANTIAGO.- No tiene nada que ver.
BARTOLA.- No recuerdo que me hayas propuesto otro plan en todo nuestro
matrimonio. Al público. Nunca quiere salir. Siempre en casa con
la tele. Si nos perdemos algún programa es una tragedia…
A mí en cambio me gusta arreglarme, salir con otros matrimonios,
ir a cenar, jugar al bingo… en fin, conocer mundo, pero con él,
¡imposible! Y luego la aburrida soy yo.
SANTIAGO.- A BARTOLA. ¿Y quién se traga a la suegra? Al
público. Yo. Yo me la trago. Todos los días. En bata y zapatillas.
Y además cómo huele. No se lava. Dice que es un gasto inútil…
A BARTOLA. Vete con quien quieras y déjame en paz…
BARTOLA.- A SANTIAGO. Sabes lo que te digo, que sí, que me voy
ahora mismo. Que yo me divorcio y santas pascuas. Al público. Queriendo
salir. Déjenme salir. Me voy.
SANTIAGO.- A BARTOLA. Pero te llevas a la suegra. Que tú tienes
mucha cara y eres capaz de divorciarte dejándome a tu madre de
recuerdo. Que eso es lo que tú quieres además. Te conozco.
BARTOLA.- Tú a mí no me levantas la voz.
SANTIAGO.- Yo a ti te levanto lo que haga falta. Al público. Si
no podemos salir ningún día es porque no podemos dejar a
la suegra sola… Saben lo que les digo… que mañana mismo
me la llevo al asilo.
BARTOLA.- Al público. El que se va a ir al asilo es él.
Viejo. Que ya quisiera él estar tan joven como mi madre. A SANTIAGO.
Tú hablas de olores. ¿Y tu mal aliento qué? ¿Y
tus legañas y tus mocos...? Al público. Es muy generoso
en secreciones, por decirlo de una manera fina. A SANTIAGO. Que yo sí
soy muy fina. Al público. Cada año peor, y yo lo tengo que
aguantar. ¡Yo! ¿Para qué? Para esto…, para que
luego me haga esto…
SANTIAGO.- Que me olvides ya. Y para que te enteres, mi abundancia de
secreciones está ligada a mi infelicidad emocional. Me lo ha dicho
el psicólogo.
BARTOLA.- Claro que te olvido. Ahora mismo. Me voy Va a la salida por
el patio de butacas. Al público. Ustedes lo han visto. Por un día
que he conseguido salir al teatro. No me lo perdona. Miren la que me ha
montado. Para castigarme.
SANTIAGO.- ¡Ah, he sido yo el que la ha montado!
BARTOLA.- ¿Cómo que no? Al público. Digan quién
ha empezado. A ver, los que piensen que ha sido él que no se muevan
y los que piensen que he sido yo que se levanten… y por sólo
participar, ya saben que pasan a la rifa final donde pueden ganar una
televisión… A SANTIAGO. ¿Ves lo que opina el público…?
Pero a mí ya me da igual. ¡Esto se acabó! Yo ya no
discuto más. Me divorcio en el juzgado de guardia. Adiós.
Sale. Entra. ¡Está cerrado! ¡Ábranme! ¿Quién
tiene la llave?...
|