ESTRACTO de
ME CAGO EN DIOS:

“HUMANO.- … Ahora contemplo y entiendo los millones de muertos en nombre de Jesucristo. Te alabamos Señor. Ahora contemplo y entiendo los millones de muertos en nombre de Alá. Te alabamos Señor. Ahora contemplo y entiendo los millones de muertos en nombre de Jehová. Te alabamos Señor. Ahora contemplo y entiendo los millones de muertos en nombre de Buda. Te alabamos Señor. Ahora contemplo y entiendo los millones de muertos en nombre de Visnú, Brahma y Shiva. Te alabamos Señor. Ahora contemplo y entiendo los millones de masacrados en nombre de todas las marcas de Dios. Te alabamos Señor. Ahora contemplo y entiendo los millones de torturados en nombre de todas las marcas de Dios. Te alabamos Señor. Ahora contemplo y entiendo los millones de tarados en nombre de todas las marcas de Dios. Te alabamos Señor. ¿Te acuerdas? Dime que te acuerdas, Dios, cuando yo servía en tu templo y ayudaba a tus ministros. Me purificaba el olor de las sotanas. Olor a casulla. Para mí, el olor a Dios. Aquellos brillos de las manchas en las telas. Aquella caspa blanca sobre las hombreras negras que recordaban gotas de rocío en una mañana de tu mes, mayo. Tu ministro me reprendía cariñosamente en la sacristía porque me había reído durante la consagración... ¿Sabes que estás en pecado mortal?..., me pregunta mientras apoya casualmente su mano grande, rugosa, peluda sobre mi muslito rosado con pecas y algún que otro grano que sobresale de mis pantalones cortos. Y eso que soy más moreno que mis hermanos como no se cansa de recordármelo mi abuela... Si te mueres ahora en pecado mortal ya sabes lo que te ocurre... Y la mano grande, rugosa, peluda sube por mi muslo... ¿Tú no quieres morirte en pecado mortal, verdad? Tienes que reparar esa horrible ofensa que has hecho a Dios: burlarte de Él, en sus propias narices, en el momento más solemne de su sacrificio por todos nosotros... Y la mano grande, rugosa, peluda me acaricia el muslito y cada tanto me roza la puntita... ¿Es que no te arrepientes, hijo? ¿No dices nada?... Y la mano grande, rugosa, peluda me da palmaditas en el muslo siempre rozando la puntita... Desahógate, hijo, confiésate... Y la mano grande, rugosa, peluda se detiene más tiempo encima de mi pito que empieza a moverse dentro del calzoncillo... ¡Pero di algo, hijo, habla, arrepiéntete, que si te murieses ahora mismo, Dios no lo quiera, estás en pecado mortal! Hijo, sigue, sigue el ejemplo de los santos, que aunque mucho pecaron, mucho se arrepintieron... Y la mano grande, rugosa, peluda me frota con fuerza el pito que para mi sorpresa se está poniendo duro... ¡Hijo, habla, por Dios, te digo que hables, te ordeno que hables. Si no hablas, Dios te va a castigar con dejarte mudo por tentarle de esa manera. Sólo tu gran arrogancia hace que desafíes a Dios con tu silencio en vez de confesarte y hablar y... Me muero, Padre, me muero. Ya noto que me estoy muriendo. Me estoy quedando duro. Nunca me ha ocurrido esto. Llora y grita. Me estoy muriendo en pecado mortal. Me voy a condenar. Ayúdeme, Padre... Calma, hijo, tranquilo, no pasa nada. ¿Pero hijo tú no te tocas?... ¿Tocarme qué, Padre? Ayúdeme, Padre. Me voy a morir. Estoy tan duro. Yo no quise reírme. Se lo prometo. No sabía lo que hacía. Un amigo me sacaba la lengua para... Hijo, tranquilízate, no pasa nada, te has puesto duro, pero ya verás que se ablandará. Es natural. Anda, vete a rezar y pedir perdón a Dios por lo que has hecho. Y para que Dios vea que estás arrepentido imita a los santos. Vete con Dios, hijo, y a nadie le digas que me has visto. Es nuestro secreto... Pero no se ablandaba. Yo me moría y aunque le pedía perdón a Dios veía que no me perdonaba. Le ofrecí a Dios que si me salvaba me haría Santo. Seguí el ejemplo de tu ministro y me convertí en Santa Catalina de Siena... La más malvada y culpable de tus siervas, Catalina, te implora misericordia. Perdona a esta horrible pecadora. Ayúdame a vencer al diablo. Sola no puedo... Quita tú, serpiente repugnante, apártate... Señor, sabes que ardo en deseos de socorrer a los pobres y necesitados. Dame fuerzas para atender a los enfermos más contagiosos de lepra y cáncer cuyo hedor es tan repulsivo que ningún familiar, amigo o médico tiene el valor de acercárseles. ¡Yo sí! Pero, por favor, Señor, sólo te ruego que no sienta náuseas cuando beso y lamo sus tumores podridos para que así los pobres enfermitos puedan sentir un poco de alivio en sus dolores. Yo sé que es él. Lo sé. El maligno me tienta para destruir mi virtud y perderme... Pero yo te demostraré, Satanás, que con Catalina no podrás. ¡Fuera! Yo soy de Dios. A Él he consagrado el tesoro de mi virginidad. He renunciado a los placeres de la carne. He despreciado mi reputación y la opinión de los hombres. Nada hay más penoso para mi alma que la vista de un hombre…”

Momento de la representación de la obra en París bajo el título
"DIEU ME FAIT CHIER"
Foto:LOT

 

 
 
Manifiesto repartido durante la representación en Madrid de la Obra


 

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